Madrid, 20 de marzo de 2026.- En un momento en el que la salud y el bienestar emocional han pasado a ocupar un lugar central en nuestras vidas, el VIII Estudio de Salud y Estilo de Vida de Aegon revela una mejora significativa en cómo los españoles perciben su estado anímico. Aun así, esta evolución positiva convive con una alta presencia de síntomas vinculados a la ansiedad y el estrés. Según el informe, en su conjunto, el 71,5% de la población otorga a su salud emocional una nota igual o superior a 7, situando la media en 7,32 sobre 10, el mejor registro de toda la serie histórica.
El estudio muestra que un 31,9% de los encuestados sitúa su bienestar emocional en niveles muy altos (entre 9 y 10), el porcentaje más alto desde 2023, mientras que un 39,6% lo valora entre 7 y 8. En el extremo opuesto, el 9,3% suspende su estado emocional, no obstante, se refleja una mejora respecto a años anteriores. Esta evolución positiva también se observa en la percepción temporal: el 62,1% considera que su salud emocional se ha mantenido estable en el último año y un 19,5% afirma que ha mejorado, frente al 18,3% que percibe un empeoramiento.
La edad emerge como uno de los factores más determinantes en la autovaloración emocional. Las personas mayores de 65 años presentan los niveles más elevados de bienestar (7,73 puntos), mientras que los jóvenes de entre 18 y 25 años registran la puntuación más baja (6,93). Asimismo, quienes tienen hijos (7,48) y aquellos con una situación económica favorable (hasta 8,04 puntos entre quienes han mejorado sus ingresos) muestran mejores indicadores emocionales que la media.
Pese a esta percepción positiva, el impacto de los problemas emocionales sigue siendo significativo. El 76,9% de la población afirma haberse sentido nerviosa, angustiada o tensa en el último año, mientras que el 74,5% ha experimentado estrés o ansiedad y el 68,8% reconoce haberse sentido decaído o deprimido. En conjunto, más de ocho de cada diez personas han sufrido algún síntoma relacionado con la ansiedad o la depresión.
Estos síntomas tienen una incidencia directa en la calidad de vida: el 76,1% de quienes los padecen asegura que han interferido en su día a día, aunque solo un 14,7% los considera un problema grave. La afectación es mayor entre mujeres (86,7%), jóvenes de 18 a 25 años (96,3%) y personas laboralmente activas (86,5%), lo que apunta a una mayor vulnerabilidad en estos grupos.
En términos de hábitos, el 65% de la población declara haber adoptado alguna medida para mejorar su bienestar emocional. Entre las estrategias más habituales destacan los cambios en rutinas y estilos de vida, como dormir más, mejorar la alimentación o realizar ejercicio físico (36,8%), seguidos de actividades de desarrollo personal como la lectura o el mindfulness (26,6%). Sin embargo, un 35,9% reconoce no llevar a cabo ninguna acción concreta en este ámbito.
El recurso a apoyo profesional continúa siendo minoritario, aunque al alza: un 14,4% ha acudido a un psicólogo y un 15,9% afirma tomar medicación o suplementos para mejorar su estado emocional. Estas prácticas son más frecuentes entre quienes presentan peor salud mental, donde hasta un 33% recurre a atención psicológica.
Entre los factores que más influyen en el bienestar emocional, destacan la situación económica y laboral (44,7%), la actitud personal ante los problemas (40,1%) y la sobrecarga de tareas (35%), por delante de las relaciones sociales. En este contexto, el impacto económico resulta especialmente relevante: el 32,6% de quienes han visto empeorar su situación financiera declara un deterioro de su salud mental.
A nivel territorial, se observan diferencias significativas en la percepción del bienestar emocional. La Rioja (7,95%), Castilla y León (7,73%) y Asturias (7,66%) registran las valoraciones más altas, mientras que Extremadura (6,98%), Galicia (7,03%) y Baleares (7,06%) presentan los niveles más bajos.
En conjunto, los datos reflejan una mejora sostenida en la percepción del bienestar emocional en España, aunque acompañada de una elevada prevalencia de síntomas de ansiedad y estrés. Este contraste evidencia que, pese al avance en la valoración subjetiva de la felicidad, la salud emocional continúa siendo un ámbito clave de atención para la población y un desafío creciente en términos de salud pública.